Jorge Zarza una vez nos pidió que escribiéramos una "historia inverosímil". Creo que la mía no le gustó (y a mí sí, mucho), aunque siempre me pregunté si llegó a entenderla.
Setenta años soñamos con la caída de un régimen como la solución mágica a los problemas de la nación. Un sexenio nos ha demostrado, aunque muchos sigan soñando, que el partido es lo de menos si no cambiamos de mentalidad como sociedad.

“Hace muchos años se reunieron los animales en una gran llanura para dar solución a un problema que tenía a todos en la más profunda turbación: Todos se quejaban de que el león, siendo el más feroz de los animales, abusaba de su poder y había ejercido su reinado con violencia. Ya la población de cebras había disminuido considerablemente, pues las que no eran comidas por la familia del león habían emigrado en busca de mejores oportunidades de supervivencia. En efecto, el león era temido por su fuerza y sus grandes garras, de las que echaba mano cada vez con mayor fiereza en contra de quien se le pusiera enfrente. El sólo mirar su melena roja paseando entre la verde maleza hacía que todos se pusieran a temblar.
- ¡Esto no puede seguir así!, – gritó la cebra mayor. - ¡Hay que echar al león!
- ¡Sí! – dijo la mayoría, - ahora nos gobernarán las cebras, que son tranquilas y no se meten en problemas.
A partir de ese momento la cebra mayor comenzó su reinado. Aunque hubo quienes no estaban completamente de acuerdo, todos aplaudieron con agrado y confianza el cese del reinado del león. La población de búfalos, cebras y antílopes estaban felices, pues podían pasearse ahora sin problemas por las extensas llanuras, mirando el azul del cielo, su color favorito. Ellos llevaban una vida tranquila, que se limitaba a disfrutar de la hierba que tenían en abundancia y divertirse. Pronto se les ocurrió que el comer carne era un lujo que pocos necesitaban, así que restringieron su consumo a algunos casos muy especiales, siempre de manera “civilizada” y según su posición en la cadena alimenticia.
Para las cebras y sus amigos las cosas marchaban muy bien, pero la mayoría de los animales tenía hambre. Debido a esta situación y al carácter sereno de la cebra para ejercer el reinado, los desórdenes en el ecosistema se incrementaron. Entonces ellas intentaron hacer reformas para distribuir los recursos del lugar, pero siempre encontraban dificultades para que fueran aceptadas por los demás animales. El tigre, de temperamento rebelde y agresivo (por lo que los demás guardaban cierta distancia por precaución), siempre llevaba la contraria a las cebras, aunque se veía obligado a actuar con cierta prudencia, ya que aspiraba al señorío del reino y no podía quedar ante todos como un “salvaje”.
El tigre pasaba los días pensando bajo el sol ardiente, que parecía encender sus franjas amarillas y negras. De día él y sus semejantes intentaban dialogar con los animales acerca de la inconveniencia del reinado de la cebra y prometían acabar con todos los problemas. De noche, usando métodos menos ortodoxos, se dedicaban a la caza para obtener alimento y saciar su temperamento. Aunque la forma de ser del tigre cautivaba a muchos por su aparente libertad y sentido de justicia, poco a poco se dieron cuenta de que su ingobernabilidad lo hacía infeliz, a él y a quienes vivían en su entorno. El tigre pensaba que era legítimo su instinto de justicia, pero esto lo llevaba a vivir siempre enojado. Cuando alguien iba en contra suya, creía lícito agredir a todos los demás en nombre de la justicia.
Los animales ya se habían dado cuenta de que la cebra, por sí misma, no iba a resolver los problemas de la región y de que el león había abusado porque los demás se lo habían permitido, haciendo de él un monarca absoluto. No cayeron, pues, nuevamente en el engaño de esperar que uno solo diera una solución mágica para que los demás siguieran cada cual su propia conveniencia sobre la de los demás. Comprendieron que, de seguir ese ritmo, el ecosistema estaba destinado a colapsar tarde o temprano, como había comenzado a suceder.
Cada individuo asumió su papel en aquella gran llanura, aportando y obteniendo de la naturaleza todo y sólo aquello que le correspondía, y la región llegó a ser conocida por su gran prosperidad y vida en paz.”
Pero, en fin, ésta es sólo una historia inverosímil.

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