
“Todo el año los días son… como ordinarios, como lo mismo, -dice mientras prepara otro bocadillo- pero en estos días nosotros… damos lo mejor; damos todo. Nuestra tradición de Día de Muertos nos vuelve a la vida”.
Para Doña Lucía, habitante del pueblo de Mixquic, en la delegación Tláhuac, esta celebración no es otra cosa sino reunirse nuevamente en familia con todos sus seres queridos, vivos y muertos. A pesar de ser una persona relativamente joven –ronda los cuarenta años– a mí me impresiona un poco su forma de decirlo: realmente parece hablar de sus difuntos como de personas vivas que vienen a visitarla después de un tiempo de ausencia. Nada, absolutamente nada tiene que ver esto con el Halloween; aquí no caben los monstruos, no cabe lo macabro ni el terror. “Mañana se despide a los niños, les damos de desayunar y entonces recibimos a los mayores. La estrella –dice señalando hacia arriba– es para guiar su camino”. En la parte más alta de muchas de las viviendas, en efecto, ha sido colocada una lámpara que llama particularmente la atención por su forma estrellada.
Doña Lucía ha colocado fuera de su casa un puesto donde vende antojitos mexicanos, aprovechando la afluencia de visitantes durante estos días. Se da tiempo, sin descuidar su trabajo, para contarme su experiencia como habitante del tradicional pueblo donde, desde tiempos prehispánicos, se honra la memoria de quienes han partido de este mundo.
“Sí, Mixquic es un lugar común y corriente durante todo el año, la gente ni siquiera se acuerda de él, pero durante estos días es como el centro de atención. Esto se llena de gente; vienen hasta los de la tele. Se puede decir que Mixquic resucita el día de muertos.”, comenta.
“…La historia no me la sé muy bien –continúa–, pero dicen que aquí era un centro ceremonial desde antes de [la llegada de] los españoles; que éste es un lugar donde se reúnen los vivos y los muertos. Mañana a las doce se dan las campanadas en la Iglesia para indicar que comienzan a llegar”.
De esta manera se da un sincretismo entre las tradiciones prehispánicas y la religión católica, a la que pertenece el 96% de los habitantes de Tláhuac, según el INEGI.
A estas alturas Doña Lucía y yo hemos entablado un diálogo amable, interesante, de confianza. Se me ocurre entonces una cuestión un tanto provocadora:
“Pero ¿es compatible, en el fondo, esta tradición con su fe cristiana? Es decir, usted cree en el cielo, ¿verdad?”
“Sí”, me contesta ella.
“¿Y a los difuntos se les antojará salir del cielo para venir a visitarnos? ¿Se les antojarán nuestros guisos, nuestras canciones? ¿Podrán, o querrán pedirle permiso a Dios para venir a darse una vuelta?”
Ella, desde su sencillez, sonríe y me da una respuesta digna del mejor teólogo:
“Bueno, yo creo que no tienen que salir del cielo, y tampoco es que nos dejen. Sólo que hoy nos acordamos que ellos siguen con nosotros y siguen formando parte de nuestras vidas. Por eso les pedimos que pidan por nosotros, y también nosotros pedimos por ellos. O sea que siempre queda un lazo que no se rompe”.
Nunca hablamos del Halloween, pero ella me había dado la clave más convincente para diferenciar entre éste y la tradición mexicana del Día de Muertos. Me despedí agradecido, saboreando todavía el atole de amaranto y la respuesta de Doña Lucía.
Para Doña Lucía, habitante del pueblo de Mixquic, en la delegación Tláhuac, esta celebración no es otra cosa sino reunirse nuevamente en familia con todos sus seres queridos, vivos y muertos. A pesar de ser una persona relativamente joven –ronda los cuarenta años– a mí me impresiona un poco su forma de decirlo: realmente parece hablar de sus difuntos como de personas vivas que vienen a visitarla después de un tiempo de ausencia. Nada, absolutamente nada tiene que ver esto con el Halloween; aquí no caben los monstruos, no cabe lo macabro ni el terror. “Mañana se despide a los niños, les damos de desayunar y entonces recibimos a los mayores. La estrella –dice señalando hacia arriba– es para guiar su camino”. En la parte más alta de muchas de las viviendas, en efecto, ha sido colocada una lámpara que llama particularmente la atención por su forma estrellada.
Doña Lucía ha colocado fuera de su casa un puesto donde vende antojitos mexicanos, aprovechando la afluencia de visitantes durante estos días. Se da tiempo, sin descuidar su trabajo, para contarme su experiencia como habitante del tradicional pueblo donde, desde tiempos prehispánicos, se honra la memoria de quienes han partido de este mundo.
“Sí, Mixquic es un lugar común y corriente durante todo el año, la gente ni siquiera se acuerda de él, pero durante estos días es como el centro de atención. Esto se llena de gente; vienen hasta los de la tele. Se puede decir que Mixquic resucita el día de muertos.”, comenta.
“…La historia no me la sé muy bien –continúa–, pero dicen que aquí era un centro ceremonial desde antes de [la llegada de] los españoles; que éste es un lugar donde se reúnen los vivos y los muertos. Mañana a las doce se dan las campanadas en la Iglesia para indicar que comienzan a llegar”.
De esta manera se da un sincretismo entre las tradiciones prehispánicas y la religión católica, a la que pertenece el 96% de los habitantes de Tláhuac, según el INEGI.
A estas alturas Doña Lucía y yo hemos entablado un diálogo amable, interesante, de confianza. Se me ocurre entonces una cuestión un tanto provocadora:
“Pero ¿es compatible, en el fondo, esta tradición con su fe cristiana? Es decir, usted cree en el cielo, ¿verdad?”
“Sí”, me contesta ella.
“¿Y a los difuntos se les antojará salir del cielo para venir a visitarnos? ¿Se les antojarán nuestros guisos, nuestras canciones? ¿Podrán, o querrán pedirle permiso a Dios para venir a darse una vuelta?”
Ella, desde su sencillez, sonríe y me da una respuesta digna del mejor teólogo:
“Bueno, yo creo que no tienen que salir del cielo, y tampoco es que nos dejen. Sólo que hoy nos acordamos que ellos siguen con nosotros y siguen formando parte de nuestras vidas. Por eso les pedimos que pidan por nosotros, y también nosotros pedimos por ellos. O sea que siempre queda un lazo que no se rompe”.
Nunca hablamos del Halloween, pero ella me había dado la clave más convincente para diferenciar entre éste y la tradición mexicana del Día de Muertos. Me despedí agradecido, saboreando todavía el atole de amaranto y la respuesta de Doña Lucía.
Para Expresión Escrita, Primer Semestre C.C. 02 de noviembre, 2007.

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